Dos bodas y un restaurante

¿Cuántas posibilidades hay de que te inviten a dos bodas dos viernes seguidos? Pocas, ¿verdad? ¿Y de que ambas bodas se celebren en el mismo restaurante? Sí, amig@s, eso es justo lo que me ha pasado a mí. No solo he tenido dos bodas con una semana de diferencia la una de la otra, sino que encima se han celebrado las dos en el mismo salón de bodas. Menos mal que el sitio era bonito y la comida era excelente. Pero empecemos por el principio.

Boda 1 :

Cuando mi amiga Ana vino a buscarme para ir juntas a la boda de Patty, no fue hasta que metió la dirección del restaurante en el gps, que me di cuenta de que las dos bodas se celebraban en el mismo sitio. La verdad es que como a la primera boda me llevaba mi amiga en su coche no miré más allá del día de la boda y de la hora del convite, para qué engañarnos. Fue entonces cuando supe que iban a ser dos bodas como poco, interesantes.

La situación era un poco como de comedia romántica. Porque la finca donde íbamos solo tiene espacio para celebrar una única boda, pero si hubiera sido uno de esos locales en los que hay más de una boda al mismo tiempo, imaginaos que me encuentro con que las dos bodas son el mismo día… ¡Hubiera podido ir a las dos simultáneamente! ¿No me digáis que no hubiera sido un puntazo? Me como la crema de boletus en la boda de uno, me excuso diciendo que voy al baño y me como la ensalada de la boda del otro, me levanto con la excusa de que me llaman al móvil y vuelvo a la primera boda justo a tiempo de que sirvan el pescado… y así toda la noche. En vez de eso, fueron dos viernes seguidos, afortunadamente.

Ahora poneos en mi lugar… Tenéis dos bodas con una semana de diferencia, en las que no coinciden los invitados, ¿qué es lo primero en lo que pensáis vosotras? Lógicamente pensáis: “¡genial! ¡puedo repetir vestido!” Pues en mi caso mi pensamiento fue: “¡maldición! ¡no puedo repetir vestido porque me van a reconocer los camareros!” Y claro, no puedo permitir que esos señores se piensen que me dedico a colarme en las bodas los viernes por la noche.

La boda en general estuvo bien, los novios y los amigos de los novios nos amenizaron la velada con diversas sorpresas, números musicales, performances… solo os digo que fui dos veces al baño ¡¡ y me perdí dos bailes!! Demasiado para mí, que ya tengo una edad para éstas cosas.

Para ésta ocasión elegí un vestido rojo de Kar-Kel 

Boda 2:

La boda que se celebró el siguiente viernes, la esperaba con más ilusión que la primera, porque se casaba mi amigo de toda la vida. Porque iba a reencontrarme con amigos a los que quiero mucho y que hacía años que no veía. Porque mi amigo lo ha pasado muy mal éstos últimos años y quería verle sonreír feliz… Pero a la que se le borró la sonrisa fue a mí. Era una boda a la que iba con mis padres, con personas muy especiales y que me apetecía compartir ese momento con ellos. ¿Y cual fue mi sorpresa cuando llego al ya conocido por mí, salón de bodas y me acerco a mirar en qué mesa estábamos sentados? ¡ME HABIAN PUESTO EN LA MESA DE LAS SOLTERAS! ¿¿¿¿PERDONAAAAAA???? Se me cayó la mandíbula al suelo. Sencillamente no me lo podía creer. No sólo me habían separado de mi familia, sino que me habían puesto en una mesa con “etiqueta”. Con lo que odio yo las “etiquetas”.

Vamos a ver, yo quiero enviar un mensaje a todos los novios del mundo y de España en particular. Cuando hagáis el protocolo de las mesas, no pongáis una mesa de solteras ¡por Dios Bendito!. ¡Como si no pudiéramos relacionarnos con el resto del mundo!. ¡Como si no supierais dónde colocarnos!. No he tenido tiempo de buscar información sobre el tema, pero fijo que hay cómo mínimo 5 manuales en los que dice que eso es de muy mal gusto. Y si vais a poner una mesa de solteras, pues al menos poned entre una soltera y otra, a un tío cachas de gimnasio que nos alegre la vista, nos llene la copa y nos diga lo guapas que estamos. Aunque sean de atrezo, contratados, o lo que sea. Así, sí. Mi amigo me debió ver la cara que se me quedó y me dijo que iba a intentar cambiarme de mesa. Cosa que no ocurrió. Y ya una vez sentada a punto de empezar a cenar, me puse en modo empático y pensé: “Diana, colocar a los invitados debe ser muy difícil, no se puede agradar a todo el mundo. Es su boda. Es su día, no el tuyo. Relájate”. Y ahí fue cuando intenté disfrutar de la cena, que por cierto era el mismo menú que la semana anterior. ¡Por lo menos podría haber probado otras cosas ya que repetía sitio! “Es su boda. Es su día Diana, no el tuyo. Relájate”. En fín, al final no le dije nada, pero que sepáis que cuando vuelva de viaje de novios, le pienso decir que ésta se la guardo. Y si yo me caso, le pienso poner en la mesa de los calvos. Para que sepa lo que se siente cuando te etiquetan.

Como veis en éstas fotos ya salgo con la sonrisa forzada después del disgusto que me había llevado al ver dónde me tocaba sentarme. Sólo se salva que llevo un vestido precioso de El Baúl de Botero.

El restaurante:

Y ahora os desvelo el misterio del restaurante. Ambas bodas se celebraron en La Romanée.  Es una finca ubicada en Griñón, con un elegante salón, terrazas ajardinadas, y con menús de cocina creativa. Todo buenísimo por cierto. El chef es Mario Sandoval, que tiene una estrella Michelín, de ahí que el sitio debe estar de moda. Desde el cocktail, hasta el menú de la cena, no hay ni un sólo bocado que no merezca la pena.

No faltaba ni un sólo detalle, ni siquiera las maquilladoras para retocar a las invitadas, y a la novia.

El truco de éste servicio es que las maquilladoras son de Mary Kay, que te atienden muy amablemente, pero después te piden que rellenes una hoja con tus datos para llamarte y ofrecerte una sesión gratuita de belleza. Donde ya sabéis que os venderán sus productos. Yo utilicé éste servicio en la segunda boda, porque se me había estropeado el maquillaje de un ojo. Podría ponerme dramática y decir que fue porque me eché a llorar al saber que me habían puesto en la mesa de las solteras, pero no fue así, lo siento por vosotros. Simplemente se me estropeó el maquillaje, sin más. Me gustó como me dejó la chica que me retocó, usó unas sombras muy bonitas, y me resaltó muy bien el color de labios con algunos trucos. Así que si vais a una boda donde incluyan éste servicio, y os gustan los productos de Mary Kay, no dudéis en usarlo.

Y por hoy nada más chic@s. Sólo me queda decir que espero que las dos parejas que han unido sus vidas en el sagrado vínculo del matrimonio, sean muy muy muy felices y disfrutaran mucho de SU día. Y yo os espero en mi próxima aventura. Besos.

Diana.

 

 

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